lunes, 19 de diciembre de 2011

No me dejó tiempo para recuperar el aliento; por el contrario, guió mis manos hacia su bragueta y me miró mientras la desabrochaba. Incrédula, descubrí un miembro que superaba en fuerza y tamaño a los que había visto con anterioridad. Su rabo era de un tono pardo y maduro, con la piel sedosa y el glande imponente. Posé en él los labios, improvisando una caricia que hasta el momento me era desconocida. Me dejó hacer y observó cómo desfallecía. Lo tenía en la boca y por la sola magia de ese contacto, mi vientre era presa de contracciones. No sabía qué animal se agitaba en él ni por qué aquella polla me procuraba tanto placer por el mero hecho de ir y venir entre mis labios, frotándose contra mi paladar, chocando suavemente con mis dientes al pasar. Driss permanecía de pie, con los ojos cerrados, su vientre plano me colmaba del olor ambarino de su sudor y de su piel. La Almendra. Memorias eróticas de una mujer árabe. Nedjma.