lunes, 28 de mayo de 2012

Me desnudó con gestos lentos y delicados, como se desprende una almendra verde de su tierna piel. En la neblina que saturaba el cuarto de baño, apenas distinguía sus rasgos. Sólo sus ojos me taladraban, horadando mi corazón y mi vagina, dueños de mi destino. Me dije que era una puta, pero sabía que no lo era. O a lo sumo como lo eran las diosas paganas de Imchouk, libres y fatales, locas de atar. Me enjabonó la espalda y la zona lumbar, cubrió de espuma mi pubis. El vello hurtaba mi intimidad a su mirada, pero sus dedos se apresuraron a deslizarse bajo las bragas y a separar mis pétalos, dejando al descubierto el clítoris, duro como un garbanzo, que oprimió con gesto delicado y pensativo. Yo gemí y traté de librarme de las bragas, pero él me lo impidió. Me dio la vuelta, abrazó mis muslos y me hizo arquear la espalda. Ya está, me dije, eres su juguete, su objeto. Ahora puede arrancarte la lengua, reventarte el corazón o sentarte en el trono de la reina de Saba. Tras bajarme las bragas, pegó la mejilla contra mis nalgas, abrió la raja con los dedos y paseó por ella la nariz. Yo me había vuelto líquida. Luego tomó un frasco de uno de los estantes, extrajo una gota de aceite y me perfumó el ano con él, masajeándolo largamente, hasta el punto de que olvidé mis temores, y mis músculos se iban distendiendo a medida que se precisaba el asalto de sus sabios dedos. No sabía qué quería hacerme, pero deseaba que lo hiciera. Sobre todo que no detuviese el enloquecedor movimiento circular que me abría a él, mientras mi vagina vertía su júbilo en forma de largos filamentos translúcidos.
¡Haces bien, paloma mía! Pecar por pecar, vale más elegir las vilezas del precio prohibitivo. No te rebajes jamás, almendra mía, a alimentarte de mediocridad y a contentarte con lo común. Vejarías a tus ángeles de la guarda si te humillases de ese modo.
¿La felicidad? Es hacer el amor por amor. Es el corazón que amenaza con reventar a fuerza de latir, cuando una mirada inenarrable se posa en tu boca, cuando una mano te deja un poco de sudor en el hueco de la rodilla izquierda. Es la saliva del ser amado que fluye por tu garganta, edulcorada, transparente. Es el cuello que se alarga, se libera de sus nudos y fatigas, deviene el infinito porque una lengua lo recorre en toda su extensión. Es el lóbulo de la oreja que pulsa como un bajo vientre. Es la espalda que delira e inventa sonidos y estremecimientos para decir “te amo”. Es la pierna que se levanta, aquiescente, las bragas que caen como una hoja en otoño, inútiles y molestas. Es una mano que se adentra en el bosque de los cabellos, despierta las raíces y las riega, pródiga, con su ternura. Es el terror de tener que abrirse y la increíble fuerza de ofrecerse, cuando todo el mundo constituye un pretexto para llorar. La felicidad es Driss, erecto por primera vez dentro de mí, y cuyas lágrimas goteaban en el hueco de mi hombro. La felicidad era él. Era yo.